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Salas independientes de teatro: una ley que nos nombra, pero no nos protege

Salas independientes de teatro: una ley que nos nombra, pero no nos protege post thumbnail image

Las salas independientes de teatro sostienen una parte fundamental de la vida cultural del país.. Este texto es una postura editorial desde Sala 101, escrita desde la experiencia concreta de sostener una sala pequeña y desde la preocupación por el futuro de muchas otras salas como la nuestra.

En los últimos meses se ha discutido en el país un proyecto de ley que busca reequilibrar e incluir al sector de las culturas, las artes y los saberes. Para muchos puede ser un texto lejano, técnico o difícil de leer. Para quienes sostenemos espacios culturales pequeños, como Sala 101, este documento no es una abstracción: es una oportunidad, pero también un llamado de alerta.

Hablamos desde un lugar concreto: una sala privada, independiente, con aforo para 50 personas, sostenida con trabajo diario, afecto, terquedad y comunidad. Y desde ahí queremos compartir una lectura honesta de lo que este proyecto de ley abre, de lo que no resuelve y de lo que exige de nosotros como sector.

1. Las salas independientes de teatro por fin existen para la ley

Uno de los avances más importantes del proyecto es que reconoce explícitamente a los espacios culturales privados de acceso público como parte del ecosistema cultural. No distingue entre salas grandes o pequeñas, ni exige aforos mínimos. En el papel, eso significa que una sala de 50 personas existe para la política cultural del país.

Este reconocimiento no es menor. Durante años, muchos espacios independientes han quedado en una zona gris: demasiado culturales para ser tratados como simples negocios, demasiado privados para ser considerados infraestructura pública. El proyecto rompe, al menos en el discurso, esa falsa dicotomía.

También amplía la idea de estímulo cultural: no solo para obras o eventos puntuales, sino para procesos de circulación, programación, mediación y funcionamiento. Para quienes abrimos la sala semana tras semana, esto importa.

 

2. Lo que la ley promete… y lo que no garantiza

Aquí es donde conviene bajar el entusiasmo y hablar con franqueza.

El proyecto habilita apoyos, incentivos y posibles alivios tributarios para infraestructuras culturales privadas, pero no los obliga. Muchas de sus herramientas quedan en manos de futuras reglamentaciones o de la voluntad de alcaldías y secretarías.

Dicho en simple: la ley nos nombra, pero no asegura que los recursos lleguen a las salas pequeñas.

Además, no crea una categoría específica para espacios de pequeña escala. En un escenario competitivo, una sala independiente de barrio puede quedar en desventaja frente a teatros grandes, fundaciones robustas o entidades con equipos administrativos completos. La ley no corrige esa desigualdad estructural.

Tampoco toca los problemas más duros del día a día: usos del suelo, conflictos con vecinos, cargas de inspección, tarifas comerciales de servicios públicos, ni la fragilidad económica de sostener un espacio cultural abierto todo el año.

 

3. Por qué esta ley no nos salva solos (y por qué igual importa)

Es importante decirlo sin rodeos: este proyecto de ley no salva por sí solo a las salas pequeñas. Ninguna ley lo hará.

Pero sí nos da algo que antes no teníamos con claridad: un marco político y jurídico para exigir, argumentar y organizarnos. A partir de ahora, no es lo mismo hablar desde la queja individual que desde un texto legal que reconoce a los espacios independientes como parte esencial del ecosistema cultural.

La diferencia entre que esta ley sea letra muerta o una herramienta real dependerá menos del Congreso y más de lo que hagamos desde el territorio cultural.

 

4. Una alerta necesaria a la comunidad cultural

Queremos decirlo con respeto, pero con firmeza:

Si las salas pequeñas no nos organizamos, esta ley beneficiará sobre todo a quienes ya tienen más recursos, más visibilidad y más capacidad administrativa.

La historia del sector cultural lo demuestra. Las leyes amplias, sin enfoque diferencial, tienden a concentrar los apoyos. Por eso, el momento clave no es solo la aprobación de la ley, sino lo que ocurra después: la reglamentación, los programas locales, los criterios de acceso.

Ahí es donde una voz colectiva puede marcar la diferencia.

 

5. Una propuesta desde Sala 101 para las salas independientes de teatro

Desde Sala 101 creemos que este es el momento de dar un paso más allá de la supervivencia individual.

Proponemos empezar a construir una red de salas independientes de pequeña escala (menos de 100 personas de aforo) (no bares, no restaurantes, no fincas…etc) que nos permita:

  • Reconocernos como infraestructura cultural frágil pero fundamental.
  • Levantar datos reales sobre nuestro impacto cultural y social.
  • Incidir en políticas locales con una voz colectiva.
  • Defender condiciones justas de funcionamiento para espacios pequeños.

No se trata de competir entre nosotros, sino de cuidarnos como ecosistema. Sin salas pequeñas no hay circulación, no hay riesgo artístico, no hay formación de públicos, no hay escena viva.

 

6. Cerrar filas para abrir futuro

Este texto no pretende ser un comunicado institucional ni una lectura neutral de la ley. Es una opinión situada, escrita desde la experiencia concreta de sostener una sala pequeña y desde la preocupación por el futuro de muchas otras salas como la nuestra.

La ley nos nombra. Ahora nos toca a nosotros habitar ese nombre, organizarnos y convertirlo en condiciones reales para sostener la vida cultural de nuestros barrios, ciudades y territorios.

Si haces parte de una sala pequeña, independiente, de menos de 100 personas de aforo, este llamado es para ti.

Unámonos.

Porque las salas pequeñas no somos el problema del sector cultural: somos una de sus mayores fuerzas silenciosas.

 

Carlos Alfonso

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